Senderistas por España

Conoce a otros senderistas incansables

ÁNGEL DAVID GONZÁLEZ ROLDÁN

Acabo de comenzar el día. Hoy he venido hasta Sierra Nevada con la idea de ascender el pico Veleta. No es un desconocido para mí. Ya he estado en él varias veces aunque siempre con los esquís puestos. Subirlo con botas de senderismo es otra historia. Estoy en plena forma, hace buen tiempo y el ascenso es sencillo (y me duele en el alma cuando veo que hay un autobús que sube hasta la base del pico).

No he caminado ni media hora y paro a beber agua y tomar algo de pan con queso (adoro el pan de pueblo). Detrás de mí, sube un chico de unos veintitantos (después me enteraría que eran más bien treinta 😉 de porte atlético y con buenos andares de montaña. Lleva un bastón de Picos de Europa que enseguida me llama la atención. Como siempre, no tardo en meterme donde no me llaman y le pregunto por su día.

Se llama Ángel y camina con su pareja Marta que le sigue de cerca. Es un tío estupendo y enseguida nos enzarzamos en una buena conversación de senderista a senderista, en la que decide contarme algo más de él  y de cómo comenzó en esto de la motaña.

“Nací en Córdoba y soy militar. Me encanta caminar por senderos imposibles y, siempre que tengo un hueco, me escapo con Marta. Hoy queremos llegar lo más alto que podamos y tomarnos un par de cervezas mientras disfrutamos del paisaje (esperamos que sea en la cima), es algo que nos encanta. Íbamos a pasar la noche en la tienda de campaña pero esta semana hace mucho frío y al final nos quedaremos en un hotel de Granada”.

No le falta razón. Estamos en octubre y ha entrado un frente frío que ha puesto las temperaturas rondando los 2ºC en la capital Granadina, algo más típico del invierno que del mes de octubre.

Poco a poco Ángel se va soltando y me habla de sus comienzos en la montaña con su familia y de cómo sus estudios de INEF en Madrid lo acercaron a la media montaña y al alpinismo.

“Siempre me ha gustado salir a caminar y, aunque me apetecería hacer en el futuro alguna ruta de largo recorrido, también me encanta ascender picos. Sueño con subir el Aneto. Tengo que reconocer que me acojonan algunos pasos pero voy siempre con gente muy preparada y lo disfruto muchísimo”.

Creo que la preparación en montaña es fundamental. Y no solo hablo de alta montaña. Incluso en media montaña los errores pueden pagarse caros. Para mí, un buen equipamiento es básico (algo que comparto con él). No importa la estación o el calor que haga. Nunca me dejo en casa mi botíquín, una muda de repuesto, guantes y un gorro para mantener las ideas calientes”.

La importancia del equipamiento le lleva a hablarme de una experiencia que tuvo con Marta hace algunos años cuando subieron en Madrid a Siete Picos.

“Había estado en la zona varias veces y me lo conocía al dedillo. Queríamos ver el atardecer desde allí para celebrar nuestro aniversario (que por cierto, fue espectacular), pero nos cayó la noche encima y no perdimos las marcas del sendero. Era enero y, aunque íbamos bien abrigados, no llevábamos nada para dormir. En una situación así, no puedes perder la calma. Dejé a Marta en un punto característico del camino y deshice el recorrido hasta que encontré de nuevo el sendero que llevaba al coche. Aquello me enseñó una lección importante: el exceso de confianza y la montaña, rara vez son buenos amigos.

En otra ocasión fue la niebla la que entró casi sin previo aviso mientras estaba con Nacho, mi mejor amigo, en los alrededores del Naranjo de Bulnes. No se veía absolutamente nada. Esta vez decidimos esperar a que pasara (algo muy inteligente por su parte) para darnos cuenta que el coche se encontraba a solo unos cientos de metros de nosotros”.

Ya para acabar (tampoco quiero consumirles una mañana tan estupenda para caminar) le pregunto sobre su comida preferida en montaña. No tiene ninguna duda y me responde sin dudar:

“Pan de pita. Nada puede igualarse a unas fajitas de embutido cuando estás en la montaña. Estoy seguro que ha salvado vidas”.

De nuevo tengo que darle la razón.  Es cierto que yo soy más de barra de pan, pero cuando hablamos de ahorrar espacio, no hay nada que pueda compararse a unas fajitas bien enrolladas.

ANTONIO ROMERO GUERRERO

Ya sabéis que cuando voy a la montaña (últimamente algo menos porque deRutas ha requerido de mi atención más que de costumbre) me da por hacer entrevistas y hablar un poco de esto y un poco de aquello con otros senderistas incansables. Sin embargo, Antonio Romero me contó una experiencia de montaña tan fantástica y con tanto detalle, que decidí pasar olímpicamente del guion y centrarme en aquella aventura traumática (no sé cómo catalogarla).

Sinceramente, no creo que haya captado todo lo que me transmitió en apenas 20 minutos pero, te aseguro que, para él, fue una de las experiencias más memorables que ha tenido… bueno, tal vez la palabra memorable no sea la más correcta aquí, pero todavía se acuerda 15 años después. Por algo será.

Aquel año pasé una de mis primeras Nocheviejas fuera de casa. Nos juntamos 6 amigos con ganas de divertirnos, cogimos los coches y marchamos unos días a la Alpujarra granadina, más concretamente al pueblo de Capileira. Tengo que decir antes de que me sueltes un rapapolvo (risas), que éramos solo chiquillos y poco o nada entendíamos de montaña.

El día 30 de diciembre se nos ocurrió la brillante idea de subir al Mulhacén. Pensamos que era la mejor forma de acabar el año y probablemente con nuestras vidas (me dice entre risas). Obviamente, no traíamos material para algo así y nos equipamos como el que va a dar una vuelta por el parque. Recuerdo que la mitad iba en vaqueros y la otra mitad en chándal. Ni unas simples zapatillas de montaña en el grupo. Todos con deportivos y zapatos: ¡olé! Se mascaba la tragedia. Estábamos más para irnos de tapas por Granada que para subir cualquier montaña.

A media mañana nos pusimos a caminar. Sin prisa y con la calma del que sabe lo que está haciendo con una precisión milimétrica. No recuerdo cuanto subimos, pero ya te digo que no llegamos muy lejos. Después de una hora de ascenso, aquello comenzó a torcerse. Cuando empezamos a pisar nieve surgieron las primeras quejas. Todavía no entiendo como la mitad del grupo animaba a los ‘aguafiestas’ a continuar ascendiendo. Se oía mucho aquello de: ‘venga, que ya nos queda poco’. No creo ni que llegásemos a los 2500 metros (y la cumbre está a casi 3500). Eso sin contar que, para nosotros, unos crampones y un piolet eran pura ciencia ficción.

Un poco más arriba, el tiempo empezó a cambiar.

Déjame que adivine, ¿a empeorar? (empieza a darme la risa tonta).

Sí, por supuesto, sino, ¿Dónde está la historia? (nos reímos). Entró una ventisca de esas que te bajan los calcetines y, los que animaban hacía media hora, ya no lo hacían tanto. Caminábamos callados. Todo el mundo sabía que aquello era mala idea y aún así continuamos. No sé si fue obra divina o que gastamos todos los deseos para aquel nuevo año en súplicas, pero llegamos a un refugio. Más bien era una caseta de piedra para resguardarse de situaciones así.

Allí no hablaba ni un alma. Nos apretamos los unos contra los otros. Fuera había empezado a nevar y, como pudimos, nos comimos unos sándwiches que guardábamos en la mochila y que habían quedado espachurrados. Recuerdo que compartíamos los guantes y los íbamos pasando entre nosotros para calentarnos las manos.

No me preguntes cuanto tiempo pasamos allí. No fue mucho gracias a Dios, pero nos pareció una eternidad. Vimos la luz cuando entraron dos personas al refugio. Sin duda, todavía nos quedaba algún deseo que pedir: eran del SEPRONA.

A mí ya me daba igual quien fuese si te soy sincero. Yo  solo quería salir de allí y, por las caras de los demás, estoy seguro que estaban igual que yo o peor. Nos dejaron unas chaquetas y bajamos como pudimos. El cielo se había cerrado y estaba oscureciendo. Ni idea de qué hubiese pasado si no nos llegan a encontrar esa tarde. Probablemente lo hubiesen hecho al día siguiente, pero lo que no sé es en qué condiciones.

El resto de la tarde la pasamos en casa. Me gustaría decir que  reflexionando sobre aquello, pero teníamos 20 años… en fin, fue una experiencia que me enseñó a tomarme muy en serio la montaña, a mirar bien la meteorología antes de salir y a equiparme como es debido; y es que siendo de Alicante, uno no sabe bien calibrar el frío que puede llegar a hacer y mucho menos en las altas cumbres.

Nota del entrevistador: yo estaba en ese grupo y puedo corroborar sus palabras 😀 Fue bonito rememorar viejas historias con un amigo.

SOFÍA SIERRA LORD

Es primero de noviembre y, como cada fin de semana, estoy metido en faena haciendo la mochila para salir a la montaña. Porque, ¿qué mejor sitio para salir de nuestras casas en estos tiempos  tan difíciles que a la montaña? Al mal tiempo, buena cara y sobre todo, naturaleza. Por supuesto, no me olvido una botella de agua de 1 ,5 litros y mi pan con queso de siempre.

He recogido a mi amigo Antonio y nos hemos puesto en marcha hacía el Cabeçó d’Or, una montaña que no queda lejos, y a la que he subido decenas de veces. Exceptuando un par de tramos en los que hay que ayudarse con las manos, el resto es pista y sendero muy bien señalizado;  pan comido para un senderista con experiencia.

En el collado de Polsets, donde se encuentra la bifurcación que lleva a la cumbre, hemos hecho una parada. Vamos completamente sudados y tampoco viene mal un descanso antes de poner la directa al pico. A lo lejos, veo a una chica que camina sola. Me acerco y la saludo efusivamente.

Se llama Sofía. Me llama la atención su forma de hablar y, aunque tiene un español perfecto, me da que no es de origen alicantino. La invito a sentarse a conversar un rato y ¡me dice que sí! Hoy es mi día de suerte. Lo primero que hago es preguntarle por su procedencia, no consigo averiguarla por su acento.  

Soy del Reino Unido pero llegué a España en 2009 con 13 años (ahora ya sé por qué tiene tan buen español). Claro que esto no fue casualidad. Mi abuela ya estaba en España, vivía en Torrevieja así que primero nos mudamos con ella. Me encantó el sitio y, aunque me fui a Alemania a pasar un año sabático (trabajar), sabía que tenía que volver. Allí empecé a interesarme por la publicidad y fue cuando regresé a Alicante decidida a estudiar Publicidad y RRPP en la universidad. 

Nací Hebden Bridge, un pequeño pueblo en condado de West Yorkshire. Allí hay mucha montaña, bueno, más en concreto son moors (palabra inglesa para páramo): ríos, bosques, es muy rico, muy verde. Sé que puede sonar típico, pero me encanta el verde en la montaña, el olor que desprende, la riqueza de sus matices. Es complicado de describir, es un sentimiento que se tiene cuando estás en el lugar.

Esto es mucho más seco, pero también tiene su encanto (sonríe).

Poco a poco nos adentramos en la conversación. Sin duda, es una auténtica apasionada de la naturaleza. Al preguntarle sobre qué la ha hecho venir a caminar al Cabeçó d’Or hoy, no duda ni un instante al responderme.

A veces me gusta estar sola. Me encanta caminar y no tener distracciones, tan solo estar en la naturaleza y ser. Sientes la grandeza del entorno y esto te da mucha tranquilidad. Te hace ver las cosas de otro modo, bajo otra perspectiva. Además, te vacía la cabeza de problemas. Es una de las mejores terapias que conozco.

 

Claro que también me gusta ir a la montaña con otras personas porque nos da la oportunidad de conocernos. Se habla de experiencias, de la familia, etc. Creo que las conexiones que se crean cuando estamos en la naturaleza son mucho más profundas que las del día a día. Cuando estás en la naturaleza se hablan de cosas de verdad.

Durante la conversación, ha sacado varias veces algunos viajes que ha hecho a Sudamérica. Le pregunto por ellos y sí ha hecho senderismo de larga distancia por aquellos lares.

Me gusta mucho acampar pero todavía no he tenido la oportunidad. Lo más increíble que he hecho fue  llegar hasta los 4500 m en un viaje que hice a Perú. sin duda,  una experiencia inolvidable. Tenía un amigo allí que se ofreció a llevarnos a una ruta lejos de los senderos más transitados. Cuando subí arriba era cómo si estuviera en una página del National Geographic. No tenía palabras.

Ante la pregunta de si recomendaría a otras personas salir a caminar por la montaña, se muestra rotunda.

¡Por supuesto! Creo que todas las personas deberíamos disfrutar de la naturaleza por lo menos una vez a la semana. Estoy segura que si esto sucediese, el mundo sería un lugar un poquito mejor.

Con estas palabras nos despedimos de Sofía, todavía teníamos que realizar el ascenso al pico y el sol estaba ya cayendo. Fue un placer conversar con esta senderista de 24 años amante de la naturaleza. Ojalá volvamos a cruzarnos con ella en el futuro.

 

MIGUEL GARCÍA BARRONES

La semana pasada dejé a medio terminar una entrevista doble. Si no la leíste, te recomiendo que le eches un vistazo. Mientras hablaba con Paola, una senderista de Jerez, Miguel esperaba su turno como el que espera a una entrevista de trabajo: algo nervioso e inquieto (una vez sentados y con la entrevista en marcha, nervios quedarían más bien pocos). Os dejo aquí unas pinceladas de lo que fue una de las entrevistas más apasionadas que he hecho hasta el momento. Miguel es una persona de esas que vive la montaña al máximo, y que no dice que no a una salida, y menos, si hay paredes de por medio. ¡Vámonos!

Estudié ciencias ambientales en Sevilla donde pasé uno tiempo maravilloso. El último año fue cuando comencé a darle más fuerte al tema de la montaña y lo cierto es que me apasionó. Mi primera gran ruta fue a la vereda de la Estrella (habla de ella casi con lágrimas en los ojos. Sin duda, aquella ruta le marcó). Caminamos hasta el refugio de la Cucaracha a más de 1800 metros de altura. Es un lugar muy especial desde donde pueden verse las caras norte las tres cumbres más altas de Sierra Nevada (la Alcazaba, el Mulhacén y el Veleta). Nos levantamos temprano para ver amanecer. Fue el colofón a un día de senderismo que guardo con mucho cariño.

Decido indagar más en el tema del senderismo y me siento como el que va a buscar cobre y encuentra oro. ‘¿Y qué más?’, pregunto.

Al año siguiente comencé a llevar a grupos de chavales de la provincia de Cádiz por senderos y parques naturales de la provincia, ¿te imaginas? Me ofrecían rutas y yo las cogía, así de fácil. Creo que no he disfrutado nunca tanto con un trabajo. Estaba en la montaña y a la vez estaba trabajando, creo que no se puede pedir más. Fue una época en la que divertí muchísimo y aprendí una barbaridad.

Entiendo que eso fue el detonante de tu afición a la montaña, ¿no?

Fue algo progresivo más bien. En 2017, comencé con la escalada deportiva y, antes de darme cuenta, estaba escalando una pared de 350 metros en el Chorro de Málaga. No es senderismo, es otra historia: hay más logística, más preparación física y mental. Hay que ir muy centrado, ir a lo que vas. Confiar en ti y para adelante. Después de esta experiencia lo único que quiero es volver a repetirla, plantarme allí abajo y enfrentarme de nuevo a una pared (se me han puesto los pelos de punta cuando ha dicho la última frase).

Aprovecho un corto descanso para hablar sobre escalada. Lo cierto es que he hecho mis pinitos en alguna pared de la Vega Baja de Alicante, pero por el simple hecho de probarlo. Me dan mucho (mucho) respeto las alturas. Los alpinistas y los escaladores sin duda están en otra liga.

Me gustaría ir a Yosemite (un lugar icónico en el mundo de la escalada y el senderismo), ¡pero hay tantos sitios por aquí cerca que todavía tengo que conocer! Me encantaría ir a escalar y a hacer senderismo a Picos de Europa, a la Pedriza en Madrid que es una zona peculiar por el tema de la adherencia (asiento con la cabeza, pero la verdad es que no tengo ni idea de qué me está hablando), Monserrat, Gredos… no sé si la vida tiene tantos años. Espero poder recorrer muchas montañas. Todas si puedo.

Veo que te gusta ponerte al límite. ¿Algún recuerdo memorable o situación en la que has dicho ‘quién me ha mandado meterme en esto’?

El invierno pasado (2019) salí con un amigo para ascender el Veleta. Cuando llegamos al refugio de la Carihuela decidimos crestear buscando el refugio de Elorrieta. Nos llevamos un buen susto cuando la noche por poco se nos echa encima. Aquellas crestas no perdonan los errores.

Hemos hablado poco de senderismo. ¿Tienes algún plan para el futuro? ¿Alguna ruta de larga distancia?

Como ya te he comentado antes, en 2017 estuve en Asturias y me enamoré de aquello. Desde entonces sueño con recorrer el Anillo de Picos (una ruta circular en Picos de Europa que está ganando mucha fama entre los senderistas): cabaña Verónica, casetón de Andara, refugio de Áliva, Sotres, Ario… (después de un minuto de enumerar lugares, me he perdido por completo) tengo tantas ganas de ir a tantos sitios. Sigo las páginas de los refugios y sus actividades para prepararme mentalmente. Conozco ya la ruta como la palma de mi mano (nos reímos cuando digo ‘no hace falta que lo jures’)

Ya para acabar y viendo que Miguel es un auténtico apasionado de las cumbres, de los senderos y las paredes verticales, tengo que hacerle una pregunta que me gusta mucho hacer a todos los senderistas incansables ¿Qué te hace sentir la montaña?

Es una actividad completísima y una bonita forma de pasar el día: preparas algo para comer, sales a la naturaleza, disfrutas de la tranquilidad que transmite. Estás centrado en algo y lo disfrutas plenamente, sin distracciones.

¿Te gustaría añadir algo más?

Sí. Si quieres saber si estás bien aclimatado a 6000 metros, hazte un plato de lentejas con arroz. Si te sientan bien, no hay de qué preocuparse. Es una anécdota que suele contar Carlos Soria en sus charlas (himalayista español que, a sus más de 80 años, todavía sigue buscando la meta de alcanzar los 14 ochomiles).  

No puedo evitar reírme después de este comentario. No sé si será verdad, pero lo cierto es que tengo un bote de lentejas en el coche y, aunque no las vaya a probar a 6000 metros, van a ser mano de santo para reponerme esta noche.

DANIEL AGULLÓ GIL

Lo reconozco, soy un mal alicantino: he caminado y recorrido los senderos de medio mundo, pero cuando se trata de mi provincia, siempre la he tratado con algo de desdén, como si fuese ‘menos’. Esto se ve mucho por aquí, especialmente en la costa, donde la montaña parece que no va tanto con nosotros como lo hace con nuestros vecinos del norte de España. Y no es por montaña, ya que Alicante es una de las provincias más montañosas del país (a su manera, claro), sino algo más bien cultural.

Para quitarme esa espinita clavada de mi tierra, me he prometido salir a hacer más senderismo por mi zona. ¡Qué casualidad! El pasado domingo recibí un mensaje de mi compañero de la infancia Dani, proponiéndome una salida a la Rambla de la Sal: un desfiladero por el que fluye agua salada junto al pueblo de Albatera. ¿Agua? ¿Cañón? ¿Albatera? Conociendo la zona, tengo la sensación de que articular esas tres palabras en la misma frase es casi imposible. Quiero equivocarme y verlo con mis propios ojos.

Ni cortos ni perezosos, dos días después nos ponemos en marcha siguiendo la amplia rambla por donde fluye un hilo de agua (¡zasca!) y un terreno con un colorido que parece no encajar (para bien) con el entorno. Además, hay sal cristalizada por todos lados, incluso filtrada en las grietas de la rocas.

En un giro del camino paramos a beber un trago de agua y Dani saca una pera enorme de su mochila. ‘siempre llevo una pieza de fruta’. Sonríe.

Sé mucho de Dani. De hecho, nos conocemos desde que éramos niños. Durante una época fuimos inseparables: jugábamos a cabañas, al baloncesto (yo era malísimo), estudiábamos juntos, e incluso en los últimos años de instituto salimos con dos chicas que eran amigas inseparables: Cristina y Azucena. Tal para cual.

Nunca hemos hablado de montaña y hoy, aunque es él el guía en esta ruta, voy a ser yo el que lo va a entrevistar. Después de un gran mordisco a su pera (ya no queda mucha), comienza contándome un poco sobre su vida actual y relación con el deporte.

Ahora mismo ‘estoy’ como director deportivo en un gimnasio, pero la situación actual con la COVID-19, ha hecho que pueda salir hoy a la montaña. Las condiciones que ha impuesto el gobierno local son muy duras para este tipo de centros y estamos afectados por un ERTE.

Sin embargo, siempre me ha gustado cualquier tipo de deporte. Despunté especialmente en baloncesto. Jugué desde los 6 años a los 28 en varios equipos de la provincia pero he probado el taekwondo, el boxeo la bicicleta… ¡estoy para lo que me llamen!

Decido afinar un poco más el tiro y le pregunto que le ha llevado a aficionarse a la montaña.

A raíz de la COVID, se ha abierto una ventana que tenía cerrada desde hacía tiempo: la de salir a la naturaleza y recorrer más senderos, disfrutar con la familia de un paseo o el aire puro de las montañas.

Si tengo que remontarme a mi primera salida a la montaña, yo diría que empecé cuando estaba en el colegio. Tuve (tuvimos) grandes profesores que nos inculcaron la relación con la naturaleza como parte de nuestro día a día. Salimos muchísimo a la montaña con ellos. Incluso en los últimos años de colegio creamos un grupo ecologista, ‘La Mà Verda’, que tuvo cierta repercusión local. Lo que aprendes de pequeño, ahí queda.

Últimamente me he movido mucho por Alicante y he caminado varias rutas en la sierra de Callosa, ascendido picos costeros como el Puig Campana o Cabeçó d’Or y varias salidas algo más tranquilas con los niños.

Al preguntarle por lo que le gusta de la montaña y las rutas de larga distancia, se para un momento y me responde.

Me gusta mucho la tranquilidad que se respira. Me ayuda a reflexionar, a pensar y a desconectar. Paso el día hablando con los clientes, en entrenamientos colectivos, liado con clases personales…¡ojo!, no es que no me guste lo que hago; de hecho, me apasiona, pero cuando sales del gimnasio te apetece justo lo contrario. Echas de menos el otro extremo. Imagino que la vida es así en muchos sentidos.

Nunca he caminado un ruta de larga distancia pero he hecho salidas impresionantes en los Pirineos y en los Picos de Europa.

Tal vez tenga la opción de quitarme el gusanillo cuando vaya a Costa Rica. Es uno de mis sueños: ascender al cráter de un volcán después de caminar por la selva más virgen. Incluso podría aprovechar para hacer surf, uno de mis hobbies (¿y qué hobbie no tiene Dani?).

Ya para acabar, le pregunto que lleva siempre en la mochila y sin lo que no puede salir a la montaña.

Para mí lo más importante es acabar y almorzar (se ríe a carcajadas), lo que se dice almorzar con mayúsculas (se ríe todavía más alto). En la mochila siempre llevo una membrana cortavientos, una camiseta para cambiarme cuando termino el día y una pieza de fruta.

Con esto decidimos cerrar la entrevista, creo que ha sido bastante por hoy y tenemos que empezar a hacer el camino de vuelta para tomarnos ese ansiado (por los dos) almuerzo.

Después de aquella maravillosa ruta con Dani, creo que, en adelante, intentaré ser un poco mejor alicantino y salir más por mi zona con la gente que me rodea.

Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir.

 

PAOLA MUÑOZ HERRERA PICAZO

Las laderas del Veleta siempre guardan sorpresas maravillosas. Antes de iniciar la marcha hacia la cumbre, he hecho una parada en la Hoya de la Mora donde me he tomado un refrescazo (sí, un refresco de tamaño extra-grande y saturado de azúcar) de esos que te ponen las pilas. El día invita a quedarse: se ha juntado una multitud en los bares del lugar y hay muy buen ambiente: ciclistas, senderistas y algunos turistas que van a pasar el día, se arremolinan aquí y allá. Eso sí: juntos pero no revueltos.

Mientas disfruto de mi bebida azucarada (nunca se me ocurriría hacer publicidad de Fanta), ha llegado un autobús. Toca la bocina a un coche que está en segunda fila y entorpece la marcha. Los hay con poca paciencia, pero los gritos del conductor del autobús me han parecido exagerados. Antes de que la cosa se caliente mucho más,  recojo la mochila del suelo (la pobre lleva arrastrándose por los suelos de medio mundo desde el 2008) y me pongo en marcha cargado de energía, pero todavía con la modorra del que está al sol media hora en un día más bien fresco.

Ensimismado en mis pensamientos y mientras asciendo por uno de los muchos senderos que ascienden a la cumbre, veo que una pareja baja charlando con la ligereza y tranquilidad de los que ya han llegado arriba. Me siento en una piedra a disfrutar de nuevo del sol y espero a que se crucen en mi camino. No sé si hoy llegaré a la cumbre del Veleta pero me parece que voy a tener una buena conversación y alguna buena historia.

La pareja en cuestión son Paola y Miguel  (aunque hoy os hablaré solo de Paola, lo siento Miguel). Con la caradura que me caracteriza, la invito a sentarse a mi lado a disfrutar del sol y comenzamos charlar avivados por el buen tiempo.

Paola es una chica muy risueña de 24 años y originaria de Jerez. Ha venido a pasar el fin de semana con Miguel a Granada y, dada la situación que hay ahora mismo en España con la COVID-19, han decidido huir de la ciudad y escaparse a la montaña (me da que aún sin COVID-19 habrían escogido esta opción).

Me encanta la montaña aunque siempre he sido más de viajar por ciudades, de hecho, he recorrido parte de Europa, Asia y África y conozco algo de Sudamérica de cuando estuve viviendo en Buenos Aires. He tenido mucha suerte de poder viajar y visitar tantos lugares.

La semana pasada sin ir más lejos estuvimos en Gredos y fue espectacular. Para mí, es una de las mejores zonas de España para hacer senderismo. Creo que tal y como está la situación, ese va a ser un poco el plan para este invierno: hacer rutas de corto recorrido y conocer la Península Ibérica. Hay lugares increíbles (aunque reconoce, por ‘lo bajini’, que le tiene especial cariño a la sierra de Grazalema).

Por su forma de hablar, parece una chica que siempre ha estado vinculada a la montaña. Le pregunto un poco por los orígenes de esta afición.

Desde muy pequeña he hecho senderismo con mis padres. Además, en el colegio se promovía mucho la relación con la naturaleza. Desde que volví a España (de Roma) me resulta mucho más fácil salir a caminar: la infraestructura de aquí es fantástica y hay mucha cultura senderista.

Sin embargo, si tengo que marcar un inicio en el mundo de las actividades de montaña diría que sucedió a raíz de trabajar en Decathlon. Ahí fue donde conocimos a compañeros que eran auténticas ‘máquinas’ de los deportes de montaña. Comenzamos a verlo todo mucho más asequible, como una actividad lúdica: mientras algunos de nuestros amigos iban al cine o a cenar, nosotros salíamos a la montaña. Nos apasiona.

Me ha llamado la atención el tema de Decathlon. Siempre me he preguntado qué pensaba la gente que trabaja allí del equipamiento. Doy un giro de 180º para meterme donde no me llaman. Espero salir bien parado.

Lo cierto es que… (se ríe). Solo te diré que si vas a la montaña y quieres estar cómodo, y a mí me encanta estar cómoda cuando voy a la montaña, tienes que invertir en material: aunque nos hayan hecho creer lo contrario, no vale cualquier cosa. Con el tiempo he aprendido a diferenciar el buen material y a invertir en menos cosas pero de mayor calidad. Además, me he vuelto más minimalista. Antes llevaba la mochila cargada hasta los topes, ahora salgo (casi) con lo puesto.

Claro, que tampoco te puedes quedar corto: cuando subimos la primera vez al Veleta con nieve no trajimos mucho material técnico. En concreto, yo no traje los guantes adecuados. No tengo muy buen recuerdo de aquel día (se lo puedo ver en la cara) y estuve a punto de acabar con las manos congeladas. Por suerte, un grupo de personas que bajaba de la cumbre nos ayudó. Al final, todo salió bien.

Veo que el equipamiento es muy importante para Paola (algo que comparto con ella). Le pregunto qué más es importante para ella cuando va deRutas a algún sitio.

Aunque normalmente llevamos hornillo, cuando viajamos es muy importante …  ¡comer los platos típicos de la zona! (esta respuesta me ha cogido desprevenido). El año pasado fuimos a Asturias a los Picos de Europa y nos pusimos ciegos a sidra y cachopo (mientras Miguel se ríe, Paola gesticula con las manos un cachopo de tamaño XXXL).

Lo cierto es que imaginándome ese cachopo de tamaño gigante me ha entrado hambre. Creo que todavía me queda algo de pan con queso en la mochila. Además, me está volviendo a entrar la modorra mientras el solecito me da en la cara. Creo que es hora de acabar la entrevista con Paola… ¡y comenzar con Miguel! Pero para leerla, tendrás que esperar a la semana que viene.